viernes, 13 de mayo de 2016

Ara.

Ara, un sustantivo propio que mis más cercanos me han escuchado decir hasta al hartazgo. A veces hacia mí mismo, otras tantas sentado con amigos hablando. Muchas llorando, atragantado y agitado. También muchas con una sonrisa casi cincelada. 
En este momento te estarás preguntando: “¿Quién carajo es Ara?” Es ciertamente complicado contar toda la historia, las idas y vueltas, los viajes en colectivo y en subte, las secuencias casi cinematográficas yuxtapuestas con la dureza de la realidad. Pero creo que la forma más fácil de explicar quién es, es simplemente decir que es la persona que me hizo sentir tantas cosas, tan rápido y con tal fuerza, que me cambio la vida. 
Ara, como le digo yo, es la chica que miro a los ojos cada tres meses. A veces más, a veces menos. Le digo que la amo, que nada dentro de mí cambió. Nunca deja de ser verdad, no importa la cantidad de tiempo que haya transcurrido desde la última  vez. 
Más de 700 km me separaban físicamente de ella, pero mi mente y mi corazón siempre estuvieron sollozando como un nene regañado pidiendo por ella. Como un par de pies cansados de caminar por una ruta calurosa e interminable ruegan por un poco de agua fría para remojarse. Recuerdo recostar mi cabeza sobre mi campera abollada a modo de almohada, en una fría y húmeda carpa en un camping de Nono, y pensar: “¿Qué mierda hago cuando vuelvo a Buenos Aires?” 
Eventualmente volví a mi ciudad, conté mis anécdotas de viaje, fume más cigarrillos, lloré más noches hecho un buñuelo de tristeza y moco, y la volví a ver. Solo para enterarme al final de la tarde que no nos veríamos mas. O eso pensaba yo. O eso pensaba ella. Eso pensábamos los dos. 
Tres meses pasaron y nos volvimos a encontrar, entre quilombo y gotas de lluvia que caían sobre su cara. Ella temblaba por fuera y yo por dentro. Todo se ve siempre tan incierto cuando se lo tiene en frente. Algunas cosas cambiaron, debo admitir, otras no tanto. Las más importantes se mantuvieron intactas. 
Ara es esa chica que está escondida detrás de cada letra, de cada canción que escribo. Acurrucada en la parte más vivida de mi mente me llama a pensar en ella a diario. Muchas veces pienso si ella piensa en mí, como yo pienso en ella. Con la misma fuerza, con el mismo anhelo. En el lugar más cercano a mi corazón está ella junto a todas mis pasiones. 
Lo que parecía ser en un principio una simple oración en un párrafo olvidado, en el rincón más recóndito de mis vivencias, se transformó en un capítulo entero. Un capitulo abierto que se edita constantemente. Está lleno de tachones y replanteos, pero siempre seguro de algo.
Si bien no fue todo color de rosa, estoy contento de haber estado triste. Por lo menos puedo decir que no viví una vida vacía llena de cosas. No llene mis agujeros excavando otros más grandes. 
Los dos la pasamos bien. Los dos la pasamos mal. Ambos sentimos amor por el otro y eso no va a cambiar. 
Si me preguntas: “¿Para vos valió la pena pasarla tan mal?” Considero sin pensarlo mucho que mi respuesta sería…
Nunca nada valió tanto la pena. La pena, se hizo valer. Cada momento. Siempre.
Te amo, rusa. 

domingo, 1 de mayo de 2016

Falacia.

Hablemos de falacias por un ratito. Bueno, hablar no porque no hay un debate o una charla. Pero vamos a hacer de cuenta que me están escuchando atentamente mientras me fumo un cigarrillo de uva.
Hace rato leyendo la sección de comentarios del youtuber GradeAUnderA (hace críticas y expone temas interesantes respectivos a la comunidad anglosajona) y encontré el siguiente comentario:

Si no entendes ingles lo siento, no voy a ponerme a traducir porque sinceramente es ligeramente complejo (y sigo la ley del menor esfuerzo). Pero voy a hacer un esfuerzo para resumirlo y que se entienda desde mi punto de vista. Lo que dice acá el señor Grammar Jew (Judío de la Gramática) es que los argumentos que usa GradeAUnderA son falaces. Para poder entender esto vamos primero a ver que cazzo es una falacia.
(Fuente Wikipedia)
“En lógica, una falacia (del latín: fallacia, ‘engaño’) es un argumento que parece válido, pero no lo es.”
“El que un argumento sea falaz no implica que sus premisas o su conclusión sean falsas ni que sean verdaderas. Un argumento puede tener premisas y conclusión verdaderas y aun así ser falaz. Lo que hace falaz a un argumento es la invalidez del argumento en sí.”
Lo que le quiso decir este usuario es que si bien lo que dijo es correcto, esto no quita validez a los argumentos de las personas que está criticando. O sea: Lo que dijo sobre las personas que critica es real, pero no desmorona sus argumentos. Simplemente trata de desacreditarlos con argumentos falaz.
Todo esto me llevo a pensar en las veces que yo mismo he usado tales métodos.
Hace no mucho durante un debate en clase de Proyecto de Investigación una compañera afirmó: “Me molesta mucho la gente que se mete en la vida de los demás y habla de los demás porque no tienen vida propia.”
No tengo muy en claro si mi cerebro ya está estructurado para detectar rápidamente oxímoros. Un oxímoron es un enunciado que se contradice a sí mismo en su contenido.  Por ejemplo: “Hablar en español te desacredita instantemente para desacreditar a los demás”. Establece una regla general y luego la rompe, contradiciéndose. Siguiendo con la anécdota. A mi ella no me cae bien, y yo no le caigo bien a ella. Por lo tanto pensé que sería divertido desacreditarla en frente de todos y dije: “Me parece muy gracioso lo que dice la compañera. Porque se está metiendo en la vida de la gente que se mete en la vida de la gente porque no tienen vida propia”. Si bien lo que dijo mi compañera de clase no fue un argumento, fue más una afirmación, mi respuesta fue falaz. ¿Eso significa que lo que dije pierde razón? No, obviamente no. Pero tampoco indica que lo que ella emitió fue una mentira, solo contradictorio. Lo que yo debería haber dicho para finalizar con broche de oro debería haber sido: “Por lo tanto si tanto te molesta, no seas parte del problema. Te ofuscas a vos misma. Si querés que la gente no se meta en la vida de los demás, perfecto: No lo hagas.” Incluso esto se puede tomar como algo falaz. Si nos fijáramos mas cuidadosamente en las situaciones de nuestra vida cotidiana nos daríamos cuenta que estamos rodeados de falacias.
Si bien para este pequeño debate no se tomaron en cuenta reglas para debatir, ni se establecieron puntos a seguir, lo que yo hice es técnicamente valedero dentro del marco del debate que se estaba dando.
Hay muchas más formas de falacia, muy interesante el tema.
Invito a todos a leer algo sobre argumentación y lógica. Es extremadamente interesante y seguro les va a interesar.
Para dejarlos pensando se me ocurrió mencionar la siguiente frase, una que causo un “turn down for what” popular. Durante el debate presidencial entre Mauricio Macri y Daniel Scioli, este último dice en un momento: “[…] Si no pudiste solucionar el tema de los trapitos, ¿Cómo esperas que la gente crea que podes solucionar el tema del narcotráfico?”
Aclaro: No soy ni macrista, ni kirchnerista. Cuando se trata de falacias, la mayoría de los políticos las valoran más que los argumentos. Creo que eso nos da una pauta de quienes nos están gobernando. Pero bueno, ¿no son nuestros gobernantes en fin el reflejo de nosotros como pueblo?
Gracias.

Dilema.

Hoy titulo una primer entrada de la manera más ambigua posible. Pero la ambigüedad que guarda dentro de sí es proporcional a la del contenido de esta entrada.  
Sinceramente hace años no escribo nada relevante. Deje todos mis proyectos blogueros olvidados. Tenía algunos que eran una gran parte de mí. Hace ya un tiempo cree este, como para recrear lo que había hecho en otro de mis blogs. Para contar mis miserias, para poder hacer un descargo que antes no podía hacer con mis amigos o con mi vieja. La verdad me funcionaba, parcialmente. A ver, en su momento no sabía cómo decirle a mis amigos: “Loco, estoy deprimido y no le veo sentido a la vida. Échenme una mano, ¿no?”. Creo que es parte de ser hombre, esa tácita incapacidad de expresar como uno realmente se siente. Pero bueno, no nos desviemos del punto central del texto.
Voy a pasar por alto años de mi vida, que si bien dan contexto nos llevan muy lejos, y voy a contar lo más importante. Yo hace dos años formaba parte de una ideología conocida como Straight Edge. Es una ideología que básicamente incentiva a los jóvenes a no tomar alcohol, no fumar y no consumir drogas. Nació en Estados Unidos a mediados de los ochenta si no me equivoco. Venia de la mano con el hardcore punk. No todos los hardcore punk eran SE, pero todos los SE eran hardcore punk. Creo que se entiende. Lo que quiero decir es que estos chicos formaban parte de un entorno que, de muchas formas, llevaba a sus integrantes a tender a las drogas y el exceso. Yo creo, porque no está escrito en ningún lado, que ellos sentían que no había una necesidad de llegar a eso. De que esa gente estaba en otra. Que no entendían nada. Que se estaban arruinando para pasarla bien y olvidar sus vidas de mierda, y no valía la pena. La mejor forma de olvidarte de tu vida de mierda, para un SE, era levantarte cada día pensando positivamente y esforzarte por darlo todo y dejar algo.  Volviendo. La cuestión es que acá eso casi no existe, había algunos como yo. Pero la cantidad era ínfima y no los conocía. Una cuestión meramente estadística. Desde mi lado era por estar rodeado de personas que yo considero eran unos pelotudos. Como nunca quise parecerme a ellos lo que se me ocurrió fue alejarme lo más posible de lo que se les pareciera. Con el paso de los años me di cuenta que podía fumar (algo que disfruto mucho actualmente), tomar (algo que hago ocasionalmente y no me disgusta del todo) y fumarme un faso (también, cada tanto) y que no iba a cambiar quien yo soy, fui o seré. Yo siempre voy a ser yo. Una sustancia no me va a hacer creer alguien más inteligente o menos inteligente. Yo sé quién soy.
Ahora, ayer hablando con un amigo y una amiga llegue a una conclusión a la que no me había acercado antes. Pienso que nuestra generación, en cierto punto, se dio cuenta de algo que ninguna otra exploró. Pasaron los hippies con su mensaje de paz y no lo notaron, los setenta llegaron y la disco y el funk no lo vieron, los ochenta y su pop y punk no lo exploraron, los noventa se acercaron con el grunge, pero una vez más era una generación que no sabía exactamente a quien le estaban gritando o por qué. Llegaron los 2000, somos los mileniales. Con el auge del ateísmo, con el sistema escolar que no suele incentivar al alumnado a cultivarse, el nihilismo también  haciéndose protagonista, el ninismo (ni estudia, ni trabaja), la exploración de sustancias a otro nivel. En vez de buscar una experiencia, se trata de probarlo todo. De cuanto placer podemos raspar del tarro de mermelada existencial que es el día a día. Esta generación, creo yo, es la que más tiempo tiene para reflexionar. Para verse a sí misma y decir: “¿Qué significa todo esto?”
Ya establecidas todas esas variables, la ecuación se hace más visible. Se logra vislumbrar lo que quiero decir, o eso espero. De lo que se dio cuenta mi generación es de lo siguiente: Hay dos formas de vivir. Sabiendo que todo lleva al mismo fin inevitable, la muerte, y seguir haciendo todo de la forma que nos dijeron y morir. Y la que propone que como el cambio de los factores no va a cambiar el producto, los mezclemos como queramos. Que vivamos la vida. Todo esto me recuerda a lo que decía Nietzsche sobre tomar control sobre tu vida, no conformarte. Eso me lleva a una realización filosófica. No sé si hay una forma de no conformarse. Venimos a un mundo ya construido, nos dan un puñado de cosas para hacer (inclusive las que significan revelarnos). No tenemos más opciones que las presentadas. O quizá los mileniales inventaron una nueva opción. A la pregunta que solo tenía dos caminos: “O haces todo para estar seguro de que lo hiciste, o haces lo que tenes qué y lo que está bien visto para que sea todo más fácil”. Creo que nosotros dijimos: “No. Ni todo, ni nada. Equilibrio. Ne quid nimis, nada en exceso.”. Si bien en cierto punto muchos podrán argumentar que  somos la generación del exceso, creo que ese “exceso” (el cual es arbitrariamente determinado por nuestros padres y los adultos en general) sirve para darnos cuenta de lo que nos gusta, de lo que no y de lo que nos gusta, en qué cantidad nos gusta.
Los mileniales no necesitamos tomar un extremo para siempre, momentáneamente decidimos tomar un camino para ver si nos agradaría transitarlo otra vez pronto. En cierto punto creo que tomamos las riendas de nuestra vida y nos aprovechamos del sistema. “Bueno, ustedes crearon todas estas drogas y sustancias, y bebidas. Nosotros también queremos saber qué son y cómo nos hacen sentir.” Ahora es casi extraño imaginarte llegar a los 40 sin saber qué te gusta. El problema es que en los primeros años de esta forma de interactuar, muchos nenes de 13 años soñaban con ser grandes, adultos. Lo más triste de esta historia es: A muchos se les hizo realidad. Tienen trabajos,  carreras aburridas, están atascados en rutinas que ellos mismos crearon creyendo que era lo mejor del mundo, están atrapados en la droga, etc. ¿Lo notan? Parece que hay un equilibrio en todo esto. No suficientemente joven, no suficientemente viejos. Hacer todo lo que te plazca, pero en el momento indicado. Dejar de buscar que ocurra lo antes posible para poder saber qué se siente y dejar que el momento te venga a buscar cuando realmente lo necesites.
En fin. Creo que nos dimos cuenta de algo. No importa lo que hagas, vas a morir. A mí me gusta como lo separaba Bill Hicks, un genio cómico norteamericano: “Cuantos no fumadores tenemos en el show esta noche…” Se levantaban algunas cuantas manos. “Tengo una noticia para ustedes, ¿están listos?” Producía un redoble de tambores con su boca. “Los no fumadores mueren todos los días.” Reía descontroladamente y agregaba: “Duerman bien esta noche”.

Gracias.