Ara, un sustantivo propio que mis más cercanos me han escuchado decir hasta al hartazgo. A veces hacia mí mismo, otras tantas sentado con amigos hablando. Muchas llorando, atragantado y agitado. También muchas con una sonrisa casi cincelada.
En este momento te estarás preguntando: “¿Quién carajo es Ara?” Es ciertamente complicado contar toda la historia, las idas y vueltas, los viajes en colectivo y en subte, las secuencias casi cinematográficas yuxtapuestas con la dureza de la realidad. Pero creo que la forma más fácil de explicar quién es, es simplemente decir que es la persona que me hizo sentir tantas cosas, tan rápido y con tal fuerza, que me cambio la vida.
Ara, como le digo yo, es la chica que miro a los ojos cada tres meses. A veces más, a veces menos. Le digo que la amo, que nada dentro de mí cambió. Nunca deja de ser verdad, no importa la cantidad de tiempo que haya transcurrido desde la última vez.
Más de 700 km me separaban físicamente de ella, pero mi mente y mi corazón siempre estuvieron sollozando como un nene regañado pidiendo por ella. Como un par de pies cansados de caminar por una ruta calurosa e interminable ruegan por un poco de agua fría para remojarse. Recuerdo recostar mi cabeza sobre mi campera abollada a modo de almohada, en una fría y húmeda carpa en un camping de Nono, y pensar: “¿Qué mierda hago cuando vuelvo a Buenos Aires?”
Eventualmente volví a mi ciudad, conté mis anécdotas de viaje, fume más cigarrillos, lloré más noches hecho un buñuelo de tristeza y moco, y la volví a ver. Solo para enterarme al final de la tarde que no nos veríamos mas. O eso pensaba yo. O eso pensaba ella. Eso pensábamos los dos.
Tres meses pasaron y nos volvimos a encontrar, entre quilombo y gotas de lluvia que caían sobre su cara. Ella temblaba por fuera y yo por dentro. Todo se ve siempre tan incierto cuando se lo tiene en frente. Algunas cosas cambiaron, debo admitir, otras no tanto. Las más importantes se mantuvieron intactas.
Ara es esa chica que está escondida detrás de cada letra, de cada canción que escribo. Acurrucada en la parte más vivida de mi mente me llama a pensar en ella a diario. Muchas veces pienso si ella piensa en mí, como yo pienso en ella. Con la misma fuerza, con el mismo anhelo. En el lugar más cercano a mi corazón está ella junto a todas mis pasiones.
Lo que parecía ser en un principio una simple oración en un párrafo olvidado, en el rincón más recóndito de mis vivencias, se transformó en un capítulo entero. Un capitulo abierto que se edita constantemente. Está lleno de tachones y replanteos, pero siempre seguro de algo.
Si bien no fue todo color de rosa, estoy contento de haber estado triste. Por lo menos puedo decir que no viví una vida vacía llena de cosas. No llene mis agujeros excavando otros más grandes.
Los dos la pasamos bien. Los dos la pasamos mal. Ambos sentimos amor por el otro y eso no va a cambiar.
Si me preguntas: “¿Para vos valió la pena pasarla tan mal?” Considero sin pensarlo mucho que mi respuesta sería…
Nunca nada valió tanto la pena. La pena, se hizo valer. Cada momento. Siempre.
Te amo, rusa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario