domingo, 1 de mayo de 2016

Dilema.

Hoy titulo una primer entrada de la manera más ambigua posible. Pero la ambigüedad que guarda dentro de sí es proporcional a la del contenido de esta entrada.  
Sinceramente hace años no escribo nada relevante. Deje todos mis proyectos blogueros olvidados. Tenía algunos que eran una gran parte de mí. Hace ya un tiempo cree este, como para recrear lo que había hecho en otro de mis blogs. Para contar mis miserias, para poder hacer un descargo que antes no podía hacer con mis amigos o con mi vieja. La verdad me funcionaba, parcialmente. A ver, en su momento no sabía cómo decirle a mis amigos: “Loco, estoy deprimido y no le veo sentido a la vida. Échenme una mano, ¿no?”. Creo que es parte de ser hombre, esa tácita incapacidad de expresar como uno realmente se siente. Pero bueno, no nos desviemos del punto central del texto.
Voy a pasar por alto años de mi vida, que si bien dan contexto nos llevan muy lejos, y voy a contar lo más importante. Yo hace dos años formaba parte de una ideología conocida como Straight Edge. Es una ideología que básicamente incentiva a los jóvenes a no tomar alcohol, no fumar y no consumir drogas. Nació en Estados Unidos a mediados de los ochenta si no me equivoco. Venia de la mano con el hardcore punk. No todos los hardcore punk eran SE, pero todos los SE eran hardcore punk. Creo que se entiende. Lo que quiero decir es que estos chicos formaban parte de un entorno que, de muchas formas, llevaba a sus integrantes a tender a las drogas y el exceso. Yo creo, porque no está escrito en ningún lado, que ellos sentían que no había una necesidad de llegar a eso. De que esa gente estaba en otra. Que no entendían nada. Que se estaban arruinando para pasarla bien y olvidar sus vidas de mierda, y no valía la pena. La mejor forma de olvidarte de tu vida de mierda, para un SE, era levantarte cada día pensando positivamente y esforzarte por darlo todo y dejar algo.  Volviendo. La cuestión es que acá eso casi no existe, había algunos como yo. Pero la cantidad era ínfima y no los conocía. Una cuestión meramente estadística. Desde mi lado era por estar rodeado de personas que yo considero eran unos pelotudos. Como nunca quise parecerme a ellos lo que se me ocurrió fue alejarme lo más posible de lo que se les pareciera. Con el paso de los años me di cuenta que podía fumar (algo que disfruto mucho actualmente), tomar (algo que hago ocasionalmente y no me disgusta del todo) y fumarme un faso (también, cada tanto) y que no iba a cambiar quien yo soy, fui o seré. Yo siempre voy a ser yo. Una sustancia no me va a hacer creer alguien más inteligente o menos inteligente. Yo sé quién soy.
Ahora, ayer hablando con un amigo y una amiga llegue a una conclusión a la que no me había acercado antes. Pienso que nuestra generación, en cierto punto, se dio cuenta de algo que ninguna otra exploró. Pasaron los hippies con su mensaje de paz y no lo notaron, los setenta llegaron y la disco y el funk no lo vieron, los ochenta y su pop y punk no lo exploraron, los noventa se acercaron con el grunge, pero una vez más era una generación que no sabía exactamente a quien le estaban gritando o por qué. Llegaron los 2000, somos los mileniales. Con el auge del ateísmo, con el sistema escolar que no suele incentivar al alumnado a cultivarse, el nihilismo también  haciéndose protagonista, el ninismo (ni estudia, ni trabaja), la exploración de sustancias a otro nivel. En vez de buscar una experiencia, se trata de probarlo todo. De cuanto placer podemos raspar del tarro de mermelada existencial que es el día a día. Esta generación, creo yo, es la que más tiempo tiene para reflexionar. Para verse a sí misma y decir: “¿Qué significa todo esto?”
Ya establecidas todas esas variables, la ecuación se hace más visible. Se logra vislumbrar lo que quiero decir, o eso espero. De lo que se dio cuenta mi generación es de lo siguiente: Hay dos formas de vivir. Sabiendo que todo lleva al mismo fin inevitable, la muerte, y seguir haciendo todo de la forma que nos dijeron y morir. Y la que propone que como el cambio de los factores no va a cambiar el producto, los mezclemos como queramos. Que vivamos la vida. Todo esto me recuerda a lo que decía Nietzsche sobre tomar control sobre tu vida, no conformarte. Eso me lleva a una realización filosófica. No sé si hay una forma de no conformarse. Venimos a un mundo ya construido, nos dan un puñado de cosas para hacer (inclusive las que significan revelarnos). No tenemos más opciones que las presentadas. O quizá los mileniales inventaron una nueva opción. A la pregunta que solo tenía dos caminos: “O haces todo para estar seguro de que lo hiciste, o haces lo que tenes qué y lo que está bien visto para que sea todo más fácil”. Creo que nosotros dijimos: “No. Ni todo, ni nada. Equilibrio. Ne quid nimis, nada en exceso.”. Si bien en cierto punto muchos podrán argumentar que  somos la generación del exceso, creo que ese “exceso” (el cual es arbitrariamente determinado por nuestros padres y los adultos en general) sirve para darnos cuenta de lo que nos gusta, de lo que no y de lo que nos gusta, en qué cantidad nos gusta.
Los mileniales no necesitamos tomar un extremo para siempre, momentáneamente decidimos tomar un camino para ver si nos agradaría transitarlo otra vez pronto. En cierto punto creo que tomamos las riendas de nuestra vida y nos aprovechamos del sistema. “Bueno, ustedes crearon todas estas drogas y sustancias, y bebidas. Nosotros también queremos saber qué son y cómo nos hacen sentir.” Ahora es casi extraño imaginarte llegar a los 40 sin saber qué te gusta. El problema es que en los primeros años de esta forma de interactuar, muchos nenes de 13 años soñaban con ser grandes, adultos. Lo más triste de esta historia es: A muchos se les hizo realidad. Tienen trabajos,  carreras aburridas, están atascados en rutinas que ellos mismos crearon creyendo que era lo mejor del mundo, están atrapados en la droga, etc. ¿Lo notan? Parece que hay un equilibrio en todo esto. No suficientemente joven, no suficientemente viejos. Hacer todo lo que te plazca, pero en el momento indicado. Dejar de buscar que ocurra lo antes posible para poder saber qué se siente y dejar que el momento te venga a buscar cuando realmente lo necesites.
En fin. Creo que nos dimos cuenta de algo. No importa lo que hagas, vas a morir. A mí me gusta como lo separaba Bill Hicks, un genio cómico norteamericano: “Cuantos no fumadores tenemos en el show esta noche…” Se levantaban algunas cuantas manos. “Tengo una noticia para ustedes, ¿están listos?” Producía un redoble de tambores con su boca. “Los no fumadores mueren todos los días.” Reía descontroladamente y agregaba: “Duerman bien esta noche”.

Gracias.

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